Triunfos y festejos

No todos los triunfos son iguales ni tampoco los festejos. Lo que cuesta más por lo general es lo que más se celebra. De esta manera, una final que se empata y se gana por penales va a desatar una locura mucho más descontrolada que un 5 a 0 tranquilo y regulando.


 

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Estados Unidos ya sabía que la medalla de oro en basquet era suya, o por lo menos todos los demás países lo pensaban así. Porque todos los equipos fueron a buscar la plateada o el milagro, sin embargo quizás ellos nunca lo sintieron de esa manera ¿o si?. El festejo de Lebron, Kobe, Kevin y compañía saltando y a puro abrazo generalizado ¿es más humo que otra cosa? ¿o esos tipos que parecen robots que juegan cuando quieren en realidad tienen sentimientos y descargaron su felicidad después de ganar una medalla que TENÍAN que ganar? Si España hubiese obtenido la dorada obviamente el festejo hubiese durado siglos.

Las lágrimas de Andy Murray y de su madre en el festejo por el oro obtenido en tenis frente a Federer son quizás de un desahogo del escocés, que tenía una mochila que cada vez se hacía más pesada -hacía un par de semanas había perdido la final de Wimbledon- y que ahora disminuyó su peso, lo que va a dejar al británico un poco más relajado en su búsqueda de conseguir el torneo inglés. Por lo menos su gente se dio el gusto de verlo campeón en el cesped del All England y logró mucho más que cualquier otro británico en el deporte blanco en muchos años.

La de Murray no era una medalla esperada, sino deseada. El hecho de que sea en su propia tierra ¿es más meritorio o más fácil porque juega de local? La presión es un factor muy importante, pero el aliento también. ¿Tendrá más merito un argentino que se coronó como el mejor de todos en una tierra tan particular para nosotros como Inglaterra? Desde ya nuestras felicitaciones al taekwondista dorado Sebastián Crismanich que también rompió en llanto con la bandera Argentina y el himno sonando en lo más alto de Londres.

¿Entonces tiene mérito Usain Bolt? El negro va a los juegos y todo el mundo sabe que va a ganar, sin embargo todos esperan ver que hace después de obtener la victoria. El excéntrico jamaiquino reguló una vez más en los 200 metros, se llevó la mano a la boca haciendo silencio antes y después de correr y se puso a hacer flexiones de brazos cuando terminó la carrera. Cumplió con las espectativas, ganó sus pruebas e hizo un poco de show, pero también se emocionó cuando Blake y Weir completaron el podio con él en los 200 metros. ¿Su victoria era predecible? Sí, pero también se pudo tropezar en la sálida y finalizar último. Sin dudas es un monstruo.

Otro monstruo es Michael Phelps, que si bien no ganó todas las doradas como en Beijing se llevó las suficientes medallas para ser el más ganador de preseas en la historia de los Juegos Olímpicos. Habrá celebrado, pero no descocó. No así fue el caso del alemán Robert Harting que lanzó su disco más lejos que todos y desató toda su euforia por el estadio olímpico. Comenzó por destrozar su remera y dio la famosa vuelta olímpica con su bandera en la espalda, saltando todas las vallas que se pusieron en su camino.

Hay triunfos obvios y hay batacazos. Hay festejos descontrolados y medidos. Hay personas más tranquilas y hay loquitos. Sin duda lo más difícil es lo más celebrable pero no podemos quitarle mérito a los medallistas “cantados” de estos Juegos Olímpicos. Cumplieron con las espectativas y se dieron el gusto una vez más. No lloraron ni se emocionaron, solo ganaron. La felicidad que sintieron los deportistas solo la sabrán ellos, pero el abrazo de Kobe Bryant con todo el plantel norteamericano de basquet muestra que no son extraterrestres, son humanos aunque algunos no lo parezcan.

 

 

• Publicado por:

Bilo

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